Te
lo advertí, volveríamos a encontrarnos. No pierdas el tiempo preguntándote cómo
te he encontrado. Si quieres puedes imaginarte que reconozco tu olor por las
calles como una gata en celo sin domesticar. Es fácil arriesgarse a encontrarte
cuando ya no temes a nada. Deberías entenderme, lo he perdido todo. Ya no hay
nada, ninguna persona importante, ningún ideal, ningún dios. Además, ¿qué más
da? No hay nada por lo que merezca la pena luchar. He aprendido a sufrir; tanto
daño físico como el psicológico que me hago llegando a estas conclusiones. Ya
no lloro. Ya no río. Ya casi ni siento. Si algo me motiva a seguir en pie son
algunos placeres de los que no puedo quitarme el vicio. Vivo de excesos y me
consumo cada día un poco más. Y hoy… hoy he venido con más ropa de lo habitual,
para sentir con más fuerza cómo tus manos me desnudan. Y no, no te lo estoy
insinuando.